viernes, 27 de junio de 2008

SOY HIJO DE UN DESPLAZADO Conversaciones con German Castro Caycedo Parte I/3

Por: Edgar Alonso Muñoz Delgado


Arribo

Llegamos al aeropuerto José Maria Córdoba justamente a las once y dieciocho minutos de la mañana de ese viernes. Tiempo suficiente, pues la llegada del vuelo procedente de Bogotá estaba prevista para las once y veinte. Desde luego, hicimos lo propio de cualquier parroquiano en trance de espera de algún pasajero: aspirar el aroma de un tentador café y mirar con detenimiento el tablero de llegadas según el número de vuelo, para darnos cuenta con sorpresa de que el 9338 de la aerolínea otrora bandera nacional y hoy en manos de capital foráneo, aterrizó ¡quince minutos antes!

Adiós café…Angustia fue lo que sentimos los tres amigos mientras presurosos nos dirigimos al área de arribo, lugar en el que lo hallamos tal y conforme es él: simple, tranquilo, en actitud de serena espera, silbando el trozo de alguna melodía que no pudimos identificar y que muy seguramente trajo pegada a su memoria auditiva desde temprano en esa mañana.

Miles de explicaciones de aquellas que siente uno que no sirven para nada, pero que amablemente aceptó. Vestía una chaqueta de tono amarillo apagado, camisa rosada, pantalón índigo de corte clásico y zapatos oscuros de doble tono. Ya en el parqueadero rionegrino, a punto de abordar el vehículo que nos llevaría hasta Sabaneta, expresó su primera preocupación:

-Olvidé mi pantalón azul oscuro de dacrón. Es más elegante. ¿Tal vez esté bien con éste y una corbata?

-Claro que sí Maestro. Así está bien.

El resto fue un viaje agradable sin paradas en el camino, mientras comentábamos acerca del soleado clima que significaba una pausa en el inclemente invierno y de las dificultades que tuvo su desplazamiento en Bogotá por las manifestaciones de los taxistas, que obligaron a nuestro visitante la realización de un indefinible número de circunloquios para llegar por rutas secundarias hasta el terminal aéreo de la Capital, en medio de las dudas sobre la puntualidad de su traslado a Medellín: típico retrato de un país en permanente desorden.

Diego aprovechó para ponerle al tanto de la agenda para los tres días dedicados a homenajearle a lo que el escritor replicó que así es como la trae grabada en su cabeza, pues la fijó en su mesa de trabajo para estar seguro de las actividades por cumplir.

Accedimos al valle de Aburrá sobre la avenida El poblado y la presencia de un vendedor de libros piratas en algún semáforo obliga la alusión al tema, respecto del cual nuestro receptor de la Erato afirma que de no ser por esa práctica ilegal, tan enquistada en nuestra cultura, debería ser dueño de una fortuna. Se trata, sin duda, del autor de literatura de no ficción, más leído en Colombia y en Hispanoamérica. De acuerdo con su afirmación,

-Sólo Gabo y yo vivimos en Colombia del oficio de escribir libros.

Por supuesto se refiere al nobel de literatura Gabriel García Márquez.

Así transcurre nuestro primer momento con Germán Castro Caycedo, objeto de múltiples reconocimientos nacionales e internacionales, autor de dieciocho libros en circulación, traducido al japonés, húngaro, griego y portugués además del francés y más recientemente al chino y al inglés. Realizador, director y presentador, durante veinte años, del programa de televisión que rompió los paradigmas audiovisuales del ejercicio periodístico, fresco todavía en la memoria de las audiencias colombianas: Enviado especial.

Una vez llegados al hotel campestre en Sabaneta y puesto su equipaje en la habitación, regresa con nosotros al vestíbulo.

-Maestro. ¿Usted que toma? Anticipa el gran anfitrión.

-No puedo tomar licor por la diabetes. Me aplico insulina desde hace algunos meses.

Lamenta no haber venido con Catalina, su hija arquitecta residente en Francia; con su hijo político de nacionalidad francesa, documentalista de televisión y con Gloria Moreno, La tortuguita, su esposa desde 1976, colega profesional y directora de la fundación Medios para la Paz, de quien estuvo pendiente todo el tiempo vía celular.

Afirma que su vicio es escribir, pero debemos confesarles que descubrimos otro de sus vicios: conversar y lo hace tan agradable y con tanta entrega a sus interlocutores, como cuando escribe a sus lectores. Cuántas historias albergará su memoria, producto de tantas otras vivencias en distintos lugares del mundo y en circunstancias tan disímiles. Sin embargo, aprovecha cualquier pausa en las tertulias, para hacer memoria en voz alta de la inolvidable Chavita, la mujer que cuidó su niñez:

-Niño Germán, no se olvide hacer sus baños de asiento.

-¿Y qué son esos baños de asiento, Chavita?

-Echarse sopitas de agua tibia en el culito, termina Germán, mientras acciona su mano derecha en ademán de empujar agua hacia el cuerpo.

En el marco de esa simplicidad desarrollamos nuestra conversación, en la que hablamos de todo un poco, pero también dejamos otro tanto sin tocar. Como sea, presentamos a nuestros lectores un perfil de Germán Castro Caycedo relatado en primera persona, al que agregamos algunas notas que consideramos de ayuda para la rápida comprensión del texto. El zipaquireño de aguda critica cuya vida es una cátedra, que entendió su destino a muy temprana edad, que transpira nacionalidad, que se declara pesimista ante el futuro de lo colombiano y que no necesita presentación.

Hijo de un desplazado

Empecé a leer la prensa diaria a los 16 años. A mi casa llegaba El Espectador y a casa de mi abuela llegaba El Tiempo. Vi a mi papa siempre haciendo lo mismo, mientras me insistía en la necesidad de leer algo. Encontré a los grandes cronistas colombianos de la década del sesenta especialmente en El espectador, empecé a leerlos muchísimo y me dije: Yo quiero ser esto.

Alejo Arturo Castro Morales era escribiente de un juzgado -el empleado más modesto- primero, y después secretario. A pesar de tener, póngale, quinto de primaria, era un hombre culto; mi papá no tuvo más, creo yo, pero fue un lector impresionante. La colección de historia de Colombia que dejó a la Biblioteca Nacional ocupó camión y medio de libros.

Llegó a Zipaquirá huyendo de la violencia, con miedo. Provenía de un sitio llamado Fosca en Cundinamarca, que queda cerca a Medina, parte de los llanos orientales. De manera que soy hijo de un desplazado, aunque no me parece que el nombre sea desplazado. El nombre es desterrado. Hijo de un desterrado soy yo.

Conoció a Elena Caycedo, una mujer que se pasó toda su vida leyendo. Muy culta era mamá. Lo que pasa es que ella despuntó cuando Colombia no le daba muchas ni grandes oportunidades a la mujer, que era criada y educada para ser esposa, es decir, esclava de un hombre. Entonces las artes que aprendían era a administrar su casa, de la que mamá fue gran administradora. Como gran cosa fue bachiller. El bachillerato de las mujeres era el bachillerato menor, no se le daba el chance de hacer los seis años sino cuatro, mi mamá, no sé por qué milagro consiguió… bueno mi abuelo, ser bachiller mayor, pero nunca pudo estudiar la carrera que quería, ella quería estudiar historia. Ese chance no; mamá tenía que prepararse en otras cosas. Nos irradió su disciplina.

1 comentario:

Unknown dijo...

Todos sus escritos, crónicas, historias son placenteros ante lo que para mí significa la plácida lectura, la que acompaño con múltiples escenas que sólo existen en mi imaginación. Me imagino la cantidad de historias que pudieron ustedes escuchar de un personalje tal como Germán Castro Caycedo (qué envidia!!!)...

Gracias por compratirme esta fabulosa (pero corta) vivencia.

Abrazos!