Por: Edgar Alonso Muñoz Delgado
Hacerle ver una película a la gente con un estilógrafo
Parte de los cronistas y de la gran crónica colombiana de esa época nació en la página roja, tal vez por ese sentimiento trágico de los colombianos ¿no? Todavía tengo en la cabeza unas historias de Luís de Castro, gran cronista de El Tiempo, acerca de un tipo llamado Richard que con otro, mató a un taxista y huyeron hacia el llano y Luís de Castro va detrás de ellos, me imagino que con la policía. Lo apasionante de esas crónicas diarias, de ese diario de campo de Luís es que empecé a conocer el llano, el entorno del sitio por donde estaban huyendo. Eso fue una fantasía, me mostró cómo a través del periodismo podía uno conocer a Colombia.
Posteriormente se perdieron en la selva que hay saliendo de Neiva hacia el Caquetá dos esposos gringos: Los Cantrell; y Germán Pinzón se fue a buscarlos. Se fue con unos guías, una comisión de campesinos que salio a buscarlos. Germán un periodista urbano, pero el cronista más grande que yo conocí en el sesenta, se hizo una serie sobre los Cantrell que me llevó a la selva y me hizo sentir el calor y el rigor de la selva. Unas crónicas maravillosas y entonces volví a decir, ahora sí quiero ser esto en mi vida.
Más allá de las aventuras, me atraía el poder de hacerle ver una película a la gente con un estilógrafo. Ese era el poder que implicaba ser cronista: que la gente leyera una crónica y viera una película. Era toda esa creatividad maravillosa lo que me llevaba más allá de la aventura. Era escribir con imágenes, con todo el mundo sensorial, es decir, que se vieran colores, que se olieran aromas, que se oyeran sonidos. Esa es parte de la metodología que luego utilicé y que descubrí en los grandes cronistas.
Publicaba notas muy pequeñas en la revista del colegio La Salle, donde estudiaba, porque la hacían los mayores, los de quinto y sexto de bachillerato, pero luego tuve un periódico que era una hoja de mimeógrafo -la fotocopiadora del momento-, donde daba noticias del colegio. Se llamaba El Aguijón…siempre el cuento ¿no?... Con cinco hojas que vendiera ya tenia para el otro.
Estudié en Zipaquirá hasta los 17, cuando me expulsaron del colegio. Nunca perdí una materia pero, por mamar gallo, los hermanos de La Salle me pusieron una nota muy baja en conducta, me pusieron tres y medio; con esa calificación no podía uno pasar por frente al colegio, entonces me mandaron a estudiar a Bogotá. Creo que fue como deliberado, Zipaquirá me quedaba estrecha, yo quería liberarme de un mundo tan reducido y entonces terminé bachillerato en Bogotá.
Estudie dos años de antropología pensando en ser periodista, no antropólogo, para tener herramientas que me ayudaran a conocer mejor a Colombia. Lo que pasa es que escuché una charla una vez de lo que era la antropología y dije bueno, esa debe ser la carrera que le permite a uno conocer más a fondo el país desde el punto de vista de sus culturas.
Por dos avivatadas
Simultáneamente fui corresponsal de la mejor revista taurina del mundo que se llama El Ruedo, de Madrid. Corresponsalía que me gané por una avivatada. Mi papá era un buen aficionado a los toros; me llevó a los toros desde muy niño, a los siete años vi a Manolete, a los seis vi a Conchita Cintrón… algo entendía yo, entonces comencé a escribir de toros.
Supe que habían botado a Pepe Alcázar, corresponsal de El Ruedo en Colombia, por pedir plata a los toreros. Yo tenía la dirección y el nombre del director de la revista en España -Don Alberto Polo Fernández- y le disparé una carta.
En ese momento trabajaba en el correo aéreo de Avianca como subsecretario de prensa, que era un puesto pequeñísimo. Le escribí a Don Alberto Polo Fernández, pero de entrada le dije: “Mi querido Amigo”, nada de ponerle don Alberto ni ¡qué carajos! “Soy un ejecutivo de la empresa Avianca de Colombia…” ¡no joda! La dejé y esa noche me imaginé el final, de modo que al día siguiente madrugué y la rematé. Decía “Aunque nos separe la pequeñez de un océano, nos une la inmensidad de la hispanidad. Germán Castro Caycedo”…A los quince días, corresponsal de El Ruedo de Madrid en Colombia, Ecuador y Venezuela pa` no joder mucho. Y ahí ya un grande en el medio taurino, ya era el chacho. Los periodistas taurinos eran hombres maduros de treinta y tantos años, yo tenía como veinte.
Me enrolo entonces con el medio taurino, pero a través de ese periodismo conozco a Carlos Alberto Rueda: Un gran periodista que tuvo grandes cargos; fue reportero de la UPI acreditado en Casa Blanca y en el Centro Kennedy, pero antes de esos puestos que, por supuesto reconocen la calidad de él, fue director de Deporte Grafico. Ese fue mi maestro, porque Germán Pinzón y los demás fueron maestros porque yo aprendía leyéndolos. Pero ya Carlos Alberto era maestro con tareas, con explicaciones y con “hay que leer tal libro y tal otro y tal otro y por esto y por esto”.
Recomendaba mucho libro periodístico. Recuerdo que, cuando Watergate, me recomendó el libro de Woodward y Bernstein; me recomendó…otros y mucho periodista colombiano del ayer ¿no? A Marco Tulio Rodríguez, Germán Pinzón, Camilo López, un gran cronista.
Me llevó primero a Deporte Grafico que fue una revista de Carvajal y compañía súper financiada y súper bien hecha. A través de la revista me llamaron a la redacción deportiva de El Tiempo, porque Humberto Jaimes, su director, me leía. Llamé a Humberto y me dijo “Aquí está la puerta abierta maestro. Pero Carlos Alberto me detuvo:
-Tienes que hacer un año antes o te quemas.
Entonces me consiguió puesto en La República. Al año ya creía que tenía alas para volar y volví a tocar en El Tiempo donde me recibieron inmediatamente. No creo que haya estado dos semanas en la redacción deportiva. Cuando llegué a El Tiempo le propuse a Humberto hacer una columna por cada partido que se llamara Desde el banco de… y el “de” era el apellido del entrenador visitante que fuera o del entrenador extrovertido que hubiera ahí.
Vino el Cali a jugar con Santa Fe. El entrenador del Cali era Don Pancho Villegas, un viejo maravilloso… entonces Desde el banco de… era copiar toda la sinfonía de gritos que daba el entrenador durante el partido y a la mitad, me venía con el entrenador al camerino a ver que le decía a los futbolistas. Una columna dialogada. Me acuerdo que el viejo Pancho era muy vulgar. Si no estoy mal, el arquero del deportivo Cali era Ayala. Iban perdiendo 2-0 y cuando entra Ayala de último al camerino, haciéndose el loco, lo llama Don pancho y le dice (pone acento argentino):
-Achiolo Vení, conseguite un parche y tapate el ojo y vestite de pirata, hijo de p… Salimos de nuevo al campo y el Zipa Gonzáles, que era puntero izquierdo y tenia una velocidad que le permitió desmarcarse, le mete el tercer gol al Cali. Me vuelve a mirar Don pancho y me dice refiriéndose al Zipa:
-El hijo de p… tiene una turbina en el orto.
Entonces con esa sinfonía de dichos de Pancho Villegas, que era genial, me salió una columna muy buena y Don Hernando subió a la sección de deportes ese lunes y dijo:
-¿Quién hizo esta columna?
-Mierda me echaron…Me agarró de las solapas y dijo:
-Lo voy a volver el mejor cronista de este país, camine pa’ Redacción General.
Son cosas de mucha suerte, porque si me toca otro entrenador que no tuviera la genialidad de pancho Villegas, la columna no pega.
Pasé a cronista general sin fuentes de información, porque a todos los periodistas les dan unas fuentes a las que tienen que estar llamando todos los días: Gobernación, Ministerio del trabajo, Congreso... Entonces para que no me pusieran eso, que era una esclavitud y de ahí no salían más que noticitas todos los días, le dije, en otra avivatada mía, a Don Hernando Santos:
-¿Qué habrá aquí?, mientras le señalaba la banda izquierda del Golfo de Urabá: Acandí, Chocó.
-¿Por qué no me voy para Acandí y hacemos una serie de crónicas a ver que hay allá? Me contestó:
-Váyase. ¿Cuánto se demora?
-Me demoro…ocho días
-Bueno váyase.
Me demoré como tres semanas, por lo difícil de ir y venir y porque me gusto beber aguardiente allá en Acandí, eso era un paraíso. Entonces cuando llegué traje tres crónicas que no fueron la sensación, pero fueron diferentes. Mostraban un mundo desconocido, donde nacieron las bananeras de verdad, por donde pasaron hacia Chile miles o centenares de refugiados alemanes de la primera guerra. Un país con Miami a tiro de piedra. En ese momento todos los periodistas de Colombia estaban encerrados en sus redacciones. No viajaban como lo hacían en la década del sesenta, cuando iban al sitio donde ocurrían las cosas…Suerte de encontrarme un periodismo refugiado en las redacciones y conocer el ayer de mi profesión a través de los grandes cronistas.
Me quedé a viajar y ya empecé a querer saber que había en cada punto y si había una noticia, por ejemplo, de contrabando de ganado hacia Venezuela, como ocurrió, me fui a buscar las trochas. La trocha más famosa que había por Pamplona; fui hasta Saravena que en ese momento no era nada. Después fue una zona de violencia bárbara, a la que volví cuando renació el ELN. Ese era mi trabajo: descubrir un país. Me pagaban por hacerlo y la gente me leía.
Diez años estuve en eso. Tampoco es que uno sea la estrella. No, son oportunidades que la vida a uno le da y creo que el asunto está en aprovecharlas, descubrirlas y en parte crearlas.
La otra suerte es que mi jefe era el dueño de El Tiempo. Yo no dependía de un mando medio que me pudiera sentar allá a no hacer nada. El dueño era mi jefe directo. Esa es otra suerte que no la tienen hoy los jóvenes.
Escribe de tu pueblo y serás universal
Pienso que hay que escribir de lo nuestro, pero de tal forma que no sea tan localista sino que sea más internacional, sin devaluar nada de lo nuestro, pero tal vez con un mensaje más universal. Por ejemplo, hay un libro que es muy colombiano para mi, que es Mi alma se la dejo al diablo. Una historia de selva. Ha sido traducido a once idiomas, no con el éxito de García Márquez porque yo no escribo ficción, sino, no-ficción, pero es un libro en once idiomas: en chino, japonés, francés, húngaro, griego… Está en los idiomas más raros que usted imagine.
Me convencí de que tenía que ser yo, que tenía que ser colombiano, que en los libros tenía que ser Colombia; solamente que no ponerle por ejemplo… “esto fue un camello”, porque no lo entienden: “esto fue un trabajo increíble” es otra vaina; sin quitarle tampoco su pátina colombiana.
Mi deseo ha sido trascender las fronteras. Mostrar lo que es nuestro país. Hoy estoy convencido de que el periodismo tiene que responder a la índole de cada pueblo. La técnica es universal, pero el contenido, el sentimiento, tiene que corresponder a cada país. En ese sentido no creo que los estadounidenses, ni los europeos sean mejores periodistas que nosotros. Ellos son muy buenos en Europa o en Estados Unidos. Aquí no son mejores. Aquí somos mejores nosotros. Estamos interpretando nuestro sentimiento cultural ¿no?
Para mi crónica y reportaje es lo mismo. Es posible que esté equivocado, pero hasta donde me di cuenta, aquí siempre se le llamó crónica al género mayor del periodismo, que nace con los cronistas de indias llegados con los conquistadores, y da su gran paso adelante, hasta donde yo sé, en 1861 a 1868 ò 9 con Papel Periódico Ilustrado dirigido por un periodista extraordinario: Alberto Urdaneta, dibujante además. Investigaba mejor de lo que investigamos hoy y escribía mejor. Hasta que un señor bogotano, muy cachaco, que se va para París, descubre que se dice reportage y vuelve a los dos años diciendo “¡Mierda! Hay que decir reportage, porque es que crónica suena a indios y los colombianos somos blancos. Yo soy blanco”. Y se quedó llamando reportaje, en una anécdota que muestra la falta de identidad de nuestro país. Crónica o reportaje es lo mismo.
En los sesenta y setenta hay que nombrar…yo no sé. Es ilimitado el número de cronistas que ni vale la pena nombrar porque puedo olvidar a muchos. Desgraciadamente no los conocen en las facultades de comunicación. No se estudian. Se estudia a Oriana Fallaci o se estudia al periodismo de Miami en los estados unidos, pero los nuestros no se estudian.
La crónica se siguió haciendo pero ya sin viajar, que es definitivo, es elemental, básico. Hay que ir a donde ocurren las cosas y por lo menos ver un amanecer y un atardecer ahí. Entonces volví a hacerlo yo, porque así lo hicieron mis maestros, porque así lo leí y porque esa fue la tradición que heredé.
Era una maravilla poder descubrir el país, Salir más allá de la Avenida Jiménez que era donde estaba El Tiempo. En el caso de televisión ir más allá de la calle 26 que era donde estaba la Televisora Nacional.