Si bien me valgo del tìtulo que el psicoanalista alemàn Erich Fromm (1900 -1980) utilizara en uno de sus textos, lo hago no para referirme a esos complicados mecanismos internos de cada individuo que derivan en las conductas que fueron tema del autor frankfurtiano descritas con tanta lucidez, sino para considerar las razones que tienen los miembros del alto gobierno en Colombia para sentir tanto miedo por la libertad del enorme grupo de secuestrados que sufren los rigores de una privaciòn a todas luces inhumana.
No vale la pena discutir si acaso son cautivos o no de un infame grupo guerrillero, porque esa es una verdad de perogrullo en cuyo cuestionamiento nos quieren enredar ciertos personajes de la vida pùblica que, para desgracia nuestra, le hablan al oído presidencial.
No. Se trata de recordar que el Estado, representado en el Alto Gobierno (lèase presidente y algunos ministros), tiene la obligaciòn constitucional de preservar la vida y la honra de los ciudadanos (artìculo 2, Tìtulo I. De los principios fundamentales) y es en relaciòn con esa obligaciòn trascendental, que hay que exigirle al gobierno su cumplimiento, pues para ello se presentaron a la consulta popular y se ofrecieron como gobernantes.
De tal modo, su recurrente excusa de que el secuestro es una práctica que les antecede en la administración de lo nacional, no puede convertirse, de ninguna manera, en justificaciòn de su inoperancia, pues conocían con suficiencia la situaciòn del país, pese a lo cual, insistieron en candidatizarse y fueron elegidos.
Creo que es tiempo de que lo que llaman los periodistas "las fuerzas vivas de la nación" que somos cada uno de los ciudadanos que con el producto de nuestro trabajo sostenemos a las clases en el poder mediante el pago permanente de impuestos, y que los elegimos con un mandato popular, hagamos uso de nuestros poderes constitucionales y demos un plazo perentorio al gobierno para facilitar la liberaciòn de los secuestrados, so pena de la revocatoria del mandato confiado a ellos.
La iglesia o las iglesias, mejor, debieran constituirse en convocantes. Sus feligresìas son esas multitudes, a travès de las cuales, de modo pacìfico, podemos actuar en calidad de ciudadanos plenos de sensibilidad social y, en extremo, solidarios con el dolor de nuestros hermanos.
Esa indiferencia, que a veces creo que es miedo a cualquier retaliaciòn oficial, no puede seguir dàndole tantos beneficios al gobierno que sì parece, repito, tener miedo a la libertad de los secuestrados, principalmente miedo, terror, dirìa, a la liberaciòn de Ingrid Betancur.
¿Què serà lo que angustia a los señores Santos y Uribe, quienes, sistemàticamente -al menos es la sensaciòn que nos dejan los medios- sabotean cualquier intento de retorno a la libertad de la excandidata presidencial?
¿Què serà lo que esta indefensa -màs no dèbil- mujer puede revelar a los colombianos y al mundo, que compromete la naturaleza del Estado en manos de estos señores, como para que impidan su anhelado regreso a la sociedad civil y la de ese vergonzoso nùmero de secuestrados?
Solo el rechazo organizado, dentro de los cauces que ofrece la llamada Carta Magna, a esa injusta polìtica estatal, puede devolvernos a las vìctimas en un tiempo breve, que serà el mismo que le demos a los gobernantes si es que no quieren la revocatoria de su mandato, en cuyo caso serà el reconcimiento nacional de la fatal equivocaciòn que tuvimos cuando obnubilados por su palabrerìa los elegimos.
Una actuaciònde tal naturaleza nos revelarìa, sì, como ciudadanos sin miedo a la libertad y Erich Fromm seguramente saltarà de alegrìa ante la fortaleza de un pueblo asì.